Feliz No-Cumpleaños, Amelie

Amelie, ¿sabes que te imaginé por primera vez hace más de tres años? Te escribí un día de septiembre, después de tener un flash súbito de ojos grandes y maravillados observando con fascinación una cajita musical.

Te he escrito en tres historias, siempre con un diferente nombre (y, ¿recuerdas, Amelie, cuando sólo eras “la niña”?), y te he imaginado millones de veces, pero nunca me he atrevido a dibujarte. Comenzaba apenas mi obsesión con los nombres en francés, allá cuando te traje del mundo de mi mente, y, si somos honestas, siempre te he imaginado con los colores del espíritu de mi hermana: brillante, pequeña, de cabello rizado y castaña. Varías a veces, dependiendo de la historia, pero en mi mente y corazón siempre te ves igual.

Hoy no es un día especial en cuanto a celebraciones tradicionales, ni un aniversario o una fecha significante. Pero existes, pequeñita, en un espacio del mundo. Te escapaste de mi mente y saliste al sol.

Feliz no-cumpleaños, querida mía.

A veces

A veces me dejo caer en la cama y me pongo a recordar. Pienso en las cosas que nos decíamos, en lo que recuerdo (y en lo que casi no); pienso en tus ojos y tu boca y en las mariposas rebeldes, azules que me alborotabas en el estómago.

A veces me río sola, porque el mundo me recuerda a ti. Y cierro los ojos, saboreando el limón de mis sonrisas privadas, incluso aunque más que cítrico tenga gusto a sol y mar (salado, como tu piel y como llanto), pero no puedo dejar de pensar en limonada por culpa de lo agridulce de las ideas.

A veces me quedo contando los días, sumando y restando y tratando de pensar, ¿cuánto tiempo duré queriéndote?, y siempre me asusto, siempre cambio el tema. A veces me dibujo mapas en la piel, en busca de algún camino que me dejaras en alguna parte, pero me muerdo el labio y deshago las líneas como la lluvia sobre calles de tierra.

A veces oigo canciones y pienso “me equivoqué”. A veces medio escribo cartas, poemas entre cafés, y a veces garabateo tu nombre, tus ojos, tu sonrisa fácil y tu risa oscura en servilletas en el desayuno, pero nunca suena igual, nunca logro acabar de creérmelo, y me levanto de la mesa dejando atrás mis pedazos de memoria.

También, a veces, quiero llamar. A ver si de verdad existes, o solo eras una mentira. Quién sabe, soy bastante rara, y capaz y solo te imaginé. ¿De verdad hay gente con aroma a sol?, me pregunto, ceño fruncido y mordiéndome la boca, porque nunca he encontrado a otra persona que se parezca lo suficiente.

Probablemente porque no me atreví a buscar.

Humo

Tu recuerdo es un grito endulzado con miel,
es una idea de azúcar, alcohol y canela.
Es la telaraña de un camino en mi piel
que aparece en relieve a la luz de las velas.

Sparks

Para Amelie fue fácil empezar a creer. Todo lo que se requirió fue darle un vistazo a la sonrisa de la bailarina, escuchar unos segundos de la delicada melodía y ya no hubo vuelta atrás.

Había un mundo escondido en las cajas de música, un mundo de magia que (y lo supo en ese momento) la había enamorado para siempre.

De lo prefabricado y lo real

Hay personas que son como las uvas artificiales: se ven perfectas por fuera, pero están vacías por dentro. Otras tantas son como los anillos que salen en las maquinitas de premios para niños: parecen maravillosos al principio, pero luego aprendes que no son nada sino una imitación. Hay muchas personas y analogías más, pero yo lo que quisiera encontrarme sería una flor silvestre: no son tan perfectas como las artificiales, pero son naturales y bellas a su manera.

Adiós

Te fuiste como las hojas que caen: callado, desapercibido.
Te fuiste, y antes de que me diera cuenta habías desaparecido.
Te fuiste y no te di un beso, no te abracé, no te sentí…
Te fuiste, pero te lo prometo: nunca voy a olvidarme de ti.

● ● ●

Dedicado a mi amigo Luis Guillermo, al que espero un día pueda volver a ver.

Ideas

Empieza con un temblor en la punta de mis dedos, dos golpecitos suaves que no logran presionar las teclas. Algo cambia en el viento, en la intensidad de mi respiración, y de súbito simplemente tengo que cerrar los párpados. Sólo unas milésimas de segundo, menos que un momento, más que un instante. Concéntrate, susurro (¿o solo lo pensé?). El rayo me recorre, tengo que mirar hacia alguna parte, mis labios se parten en busca de las palabras correctas, exactas. Inclino la cabeza y se me van durmiendo los ojos, y al abrirlos de nuevo hay luz.

“Entonces, ¿cómo podré volver a hallar el camino?”, preguntó la niña, mirando confundida a la dríada.

La criatura sonrió: una media luna traviesa, perfecta.

“La respuesta”, dijo conspiratoriamente al tiempo que comenzaba a unirse con el árbol. “Está en ti.”

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