Hush (Hide)

Irónico que cuando más tengo sueño, más me entra el terror a dormir.

(Y además se me sale el espanglish. ¿Tienen idea de lo difícil que es editar cosas en español mientras piensas en inglés a las cinco de la mañana? Oh, mis pobres verbos. Los estoy butchereando asesinando, lenta y dolorosamente.)

Seis grados de separación

Y no es que me esté quejando ni nada, pero ya va para media hora y sigo sin dejar de temblar, sentada en el piso con mis pedazos de lápiz roto en la mano.

A veces

A veces me dejo caer en la cama y me pongo a recordar. Pienso en las cosas que nos decíamos, en lo que recuerdo (y en lo que casi no); pienso en tus ojos y tu boca y en las mariposas rebeldes, azules que me alborotabas en el estómago.

A veces me río sola, porque el mundo me recuerda a ti. Y cierro los ojos, saboreando el limón de mis sonrisas privadas, incluso aunque más que cítrico tenga gusto a sol y mar (salado, como tu piel y como llanto), pero no puedo dejar de pensar en limonada por culpa de lo agridulce de las ideas.

A veces me quedo contando los días, sumando y restando y tratando de pensar, ¿cuánto tiempo duré queriéndote?, y siempre me asusto, siempre cambio el tema. A veces me dibujo mapas en la piel, en busca de algún camino que me dejaras en alguna parte, pero me muerdo el labio y deshago las líneas como la lluvia sobre calles de tierra.

A veces oigo canciones y pienso “me equivoqué”. A veces medio escribo cartas, poemas entre cafés, y a veces garabateo tu nombre, tus ojos, tu sonrisa fácil y tu risa oscura en servilletas en el desayuno, pero nunca suena igual, nunca logro acabar de creérmelo, y me levanto de la mesa dejando atrás mis pedazos de memoria.

También, a veces, quiero llamar. A ver si de verdad existes, o solo eras una mentira. Quién sabe, soy bastante rara, y capaz y solo te imaginé. ¿De verdad hay gente con aroma a sol?, me pregunto, ceño fruncido y mordiéndome la boca, porque nunca he encontrado a otra persona que se parezca lo suficiente.

Probablemente porque no me atreví a buscar.

Culpa

Ciérrame los ojos y átame las manos,
amordaza mi conciencia y bésame los labios.
Limpia mis memorias, tu recuerdo las ha manchado,
dame un último suspiro y nunca vuelvas a mi lado.

Humo

Tu recuerdo es un grito endulzado con miel,
es una idea de azúcar, alcohol y canela.
Es la telaraña de un camino en mi piel
que aparece en relieve a la luz de las velas.

Noviembre

Me escuecen las memorias, me duele tu desamor,
estoy harto del dolor de cabeza que me pegaste con el adiós.
¿No podías irte en serio, en vez de quedarte en mis recuerdos?
Ando mareado por la existencia, trasnochado, entre desvelos…

¿Qué sentido tiene la vida si sigo buscándote y ya no estás?
Puedo pensarte cuanto quiera, pero sé bien que no volverás.
Quisiera no tener que existir sin tus sonrisas, sin tus detalles,
sin saber que estás en alguna parte, paseando entre las calles.

¿Dime, te acuerdas de aquellas noches quitándonos la soledad?
O tal vez ya te las borraron la amnesia y su ambigüedad…
Ojalá que cuando cierres los ojos te lleguen mis suspiros a la memoria,
ojalá te pongas melancólica y y se te vuelvan a amargar las horas.

Acuérdate, amorcito, de que te brillaban los ojos cuando te besaba,
de cómo cuando estabamos juntos el mundo se nos olvidaba.
Acuérdate, y ojalá que te duela, ojalá te arrepientas, te quieras morir…
Pero no te preocupes, cuando eso pase, yo estaré esperando por ti.

Protegido: Ilógico

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Tormentas que nunca se fueron

Recuerdo todo bien, tal vez demasiado. Recuerdo el modo en que nos mirábamos mutuamente, los susurros espinosos que soltaban cuando me veían pasar. Recuerdo el modo exacto para inclinar el rostro y evitar el contacto visual sin chocar con nada. Recuerdo el tono asustado, temeroso, con el que ya no pude dejar de hablar; recuerdo las risas despectivas que me llevaban lágrimas a los ojos.

Recuerdo la necesidad de esconderme entre páginas y letras, el modo en que las hojas suaves eran las únicas que no me harían daño. Recuerdo el viajar a lugares mágicos, donde el bien siempre ganaba, donde yo estaría a salvo; recuerdo cómo se sentía el no preocuparme por los problemas, porque sabía que en la última página todo se iba a resolver.

Recuerdo el placer glorioso y tan anhelado de tener paz por unos instantes, la alegría pura de enredarme entre las ramas de ese árbol especial y soñar que volvía al pasado. Recuerdo las sonrisas tenues, tranquilas, los ojos azules que me miraban con aceptación, y otros más claros que me querían porque sólo miraban mi verdadero yo. Recuerdo los suspiros melancólicos, los abrazos reconfortantes, las sonrisas entre sollozos y el modo en que cuando estábamos juntos todo parecía mejorar. Recuerdo los lazos guardados celosamente, las tardes de diversión y la camaradería que no hallé en ninguna otra parte.

Recuerdo cómo acabó la historia; recuerdo todos y cada uno de los adioses. Recuerdo el modo en que nuestra amistad se deshizo y sólo quedó una madeja de hilos enredados, envolviéndome tan asfixiantemente que tuve que correr y alejarme de ellos.

Recuerdo, y me duele, porque ahora desearía poder recuperar esos lazos que nos unían. Recuerdo, y me gustaría cambiar tantas cosas que hice y que no hice, que dije y dejé de decir… Y mientras me enredo entre las memorias, en las calles de mi mente llueve una lluvia triste, recordándome las tormentas del pasado que nunca se fueron de mi corazón.

La agonía de los recuerdos

Lo terrible sobre la memoria que grabamos en cada objeto es que, cuando estamos frente a ellos, es imposible no recordar. Hay cosas que hacen daño con sólo verse, cosas que abren heridas que parecían cicatrizadas, cosas que le hacen mal al corazón, a la mente y a los sentimientos (y en ocasiones también a las manos, si te da por golpear paredes al desesperarte) que te atacan en los momentos más inesperados, generalmente por la espalda y cuando estás vulnerable. Toman múltiples formas, ya sea una fotografía, una carta, un mechón de cabello o simplemente unas palabras garabateadas al descuido en un papel, pero incluso la más nimia de ellas puede doler igual que una flecha atravesándote el corazón. Y lo que más duele del asunto es eso, saber que el pasado todavía puede lastimar.

Boison Amère

Un mal efecto secundario de tenerle fé a la humanidad, es que siempre crees que las personas malas pueden llegar a cambiar. Lo increíble es que después de quince años de soportar maltratos, traiciones y mentiras, siempre de parte de la misma persona, sigo creyendo que los lobos se pueden volver ovejas.

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