Nunca te lo he dicho, pero a veces me pones a temblar como una hoja. Me intimidas y no sé por qué, porque tú no eres cruel, nunca me has tratado mal, pero tienes el poder de hacerme daño. Mucho daño. Y ni siquiera tienes idea, lo cual sólo lo hace peor, sólo lo hace más fácil. Con un par de palabras o un rato de silencio me puedes dejar trastornada por horas, ansiosa y deprimida y ni siquiera te darías cuenta.

Hay veces que quisiera odiarte. Sería tan, tan fácil; mi vida sería infinitamente menos complicada si tú no fueras un factor, pero por alguna razón no puedo obligarme a hacerlo. Hay ratos en que me irritas, sí; hay ratos en los que me vuelvo un torbellino de indignación, hay momentos en que el resentimiento contra ti se vuelve un maelstrom en el medio de mi cabeza y de mi corazón y sólo quisiera verte ahogado, verte sufriendo, verte pidiéndome misericordia -pero soy una mujer, después de todo, y sólo soy humana, y la capacidad para la crueldad cuando nuestro orgullo está en juego es probablemente la cosa más peligrosa en todo el mundo-. Después, en momentos de calma, cuando la tormenta se aclara, me siento culpable por todas las cosas que pensé, pero hay ratos en los que sí, quisiera nunca haberte conocido.

Y la verdad, nunca sé que pensar de ti. Me confundes y me tienes en un estado de constante sorpresa, con tus ideas y con tus sueños, con lo fácil que es adivinarte a ratos sólo para que inmediatamente salgas con algo que parece de otra dimensión. Pero incluso así, creo que no me arrepiento de ser tu amiga.

Cozy Mad Habits

Soy la persona más mimada que conozco. Y probablemente de las que no conozco, también: pido o doy más o menos tres abrazos por hora (a menos que esté leyendo, y en tal caso los pediré si una escena logra sacarme las lágrimas), me encanta acurrucarme contra la gente y mi más reciente placer culpable es entrar al cuarto de mi mamá y hacerme un nido para dormir oyendo música clásica entre sus almohadas.

¿Pero saben qué? Me vale, porque esa sensación cálida de seguridad y confianza que me da cuando lo hago hace que hasta los “Como mueles, gato enfadoso” de mi mamá valgan la pena. (Además, siempre termina acariciándome el pelo después de decirlo.)

Protegido: Our place

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Pensamientos al azar

¡Hoorray!, hoy tuve mi primera escapada en solitario al centro. Sí, ya sé que dijiste “¡Directito a la casa!”, Nora, pero francamente la culpa la tiene la librería. ¿Quién la manda a tener escaparates tan llamativos? En fin, fue media hora de perder el tiempo buscando a Jane Eyre y acabar -sin saber muy bien el cómo- con Jane Austen y su Orgullo y prejuicio. También sufrí unas ganas irresistibles de ponerme a platicar con una desconocida que veía los mismos libros que yo, pero el problema es que pude resistir y solo la observé un rato mientras continuaba en mi búsqueda tras Jane. El suceso se repitió con un chico de pelo castaño que al parecer también estaba divagando en la tienda. Me miró, abrió la boca como si me fuera a decir algo, pareció pensarlo de nuevo y corrió a otra sección. ¿Estaré tan solitaria como para tratar de hablar con extraños? Creo que sí. Pero francamente nunca me ha gustado entrar sola a las librerías. Los libros son refugios individuales, sí, pero las bibliotecas son santuarios, y desde pequeña me acostumbraron a que a la iglesia se iba con Emmeline, papá y mamá, y ahora me siento desconsolada cuando lo hago de otra manera.

Hablando de otras maneras, ¿por qué la gente está tan traumatizada con subirse a un camión? Quiero decir, ¡vamos, que es divertido! Ir dando brincos y rodar, y girarse y trastabillar: es una montaña rusa con asientos más descuidados y música ranchera -claro, la música sí puede ser un problema, pero también existe la improvisación y el canto a capella-. La verdad, a mí me encanta salir a cualquier hora y tomar un camión. Creo que el contacto con la realidad -la verdadera realidad, no mi adorada realidad con fallas por dentro pero protegida del mundo- es lo único que se necesita para recordarte que al final tu vida no es tan trágica como parece.

Adioses

Es difícil decir adiós. Sobre todo si es uno grande. Está el tan temido primer adiós del colegio: te bajas del auto, das un beso a tu mamá, y entras con tu mochila al hombro, sintiendo lágrimas escocerte en los ojos y el corazón roto ante la duda, porque tal vez ella no vuelva. Uno supera el miedo, pero siempre queda el recuerdo de ése adiós.

Están también los pequeños adioses, cuando gritas “¡Te llamo en un segundo!” si estás al teléfono y tus padres te mandan a recoger tu habitación, o cuando vas a tu primera fiesta y prácticamente sales disparado sin poner atención al despedirte. Hay adioses dulces, como el que le das a tu persona amada a la hora de la despedida, y hay adioses amargos, como el que se da cuando te enojas al terminar una conversación.

Y, sobre todo los adioses que más duelen, son los que les damos a nuestras ilusiones. No hay nada más triste que el bajar de un pedestal a la persona que amas, que el darte cuenta de que los que quieres no son seres perfectos, sino tan humanos como tú; no hay nada más triste que dejar atrás las ensoñaciones de la infancia. Las cosas que más duele dejar ir son nuestras fantasías, nuestros ídolos, las cosas que al ser amadas nos hicieron quienes somos.

Sin embargo, en los adioses no hay sólo tristeza. Al final de las despedidas, y después de la resignación, siempre nos quedará una dulce melancolía, y el conocimiento de que los adioses no son sólo finales, también son nuevos comienzos.

Conversaciones Perturbadoras IV

Matera: (checando su correo y hallando una historia particularmente dramática) ¿Quién me habrá mandado ésa cadena?

Josie: (divertida ante la pregunta) Ni idea, nunca me dejas metichear en tus correos.

Matera: (ignorando a su hija y revisando el destinatario)Ah, ya, fue Mune.

Emmie: (metiéndose en la conversación) ¿Saben? Yo odio cuando me mandan esas cadenas. Algunas hasta me hacen pensar.

Free Bird

Estoy feliz. En las circunstancias en que me encuentro, mucha gente (al menos de mi familia, lo comprobé) esperaría que yo estuviera deprimida, cuando menos un poco melancólica, pero lo cierto es que no lo estoy. Estoy feliz, verdaderamente feliz, alegre como un pájaro al que sueltan de su jaula.

Algunas personas podrían pensar que lo que hice fue brusco, repentino e incluso simplemente un capricho, pero no lo es. Lo que ellos nunca supieron es que pasé muchos días reprimiendome, tratando de obligarme a sentir lo que ya no podía, pero el corazón no sabe de razones ni deberes, y al final todo fue imposible de soportar.  Había demasiados recuerdos, demasiadas presiones, demasiadas cosas para las que yo misma me comprometí, así que al final tuve que dejarlo y pasar la página. Sé que lo más probable es que hubieran heridos por culpa de lo que hice, pero honestamente no podía seguir así. Y está bien, asumiré las consecuencias, pero nada de eso va a impedir que yo haga lo que quiera.

Lo que me alegra es que, mirándolo desde un plano general, las cosas salieron bien, al menos para mí. Por fin puedo estar tranquila, hacer lo que quiero cuando quiero, sólo responder ante mí misma y dejar de sentirme culpable. Voy tomando mis propias decisiones, y se siente bien, porque ser libre no significa estar sola. Significa que los demás no van detrás de ti, dándote órdenes; sino a tu lado, apoyándote en cualquier dirección que tomes y con los brazos listos para levantarte si te llegas a caer.

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