Nunca te lo he dicho, pero a veces me pones a temblar como una hoja. Me intimidas y no sé por qué, porque tú no eres cruel, nunca me has tratado mal, pero tienes el poder de hacerme daño. Mucho daño. Y ni siquiera tienes idea, lo cual sólo lo hace peor, sólo lo hace más fácil. Con un par de palabras o un rato de silencio me puedes dejar trastornada por horas, ansiosa y deprimida y ni siquiera te darías cuenta.

Hay veces que quisiera odiarte. Sería tan, tan fácil; mi vida sería infinitamente menos complicada si tú no fueras un factor, pero por alguna razón no puedo obligarme a hacerlo. Hay ratos en que me irritas, sí; hay ratos en los que me vuelvo un torbellino de indignación, hay momentos en que el resentimiento contra ti se vuelve un maelstrom en el medio de mi cabeza y de mi corazón y sólo quisiera verte ahogado, verte sufriendo, verte pidiéndome misericordia -pero soy una mujer, después de todo, y sólo soy humana, y la capacidad para la crueldad cuando nuestro orgullo está en juego es probablemente la cosa más peligrosa en todo el mundo-. Después, en momentos de calma, cuando la tormenta se aclara, me siento culpable por todas las cosas que pensé, pero hay ratos en los que sí, quisiera nunca haberte conocido.

Y la verdad, nunca sé que pensar de ti. Me confundes y me tienes en un estado de constante sorpresa, con tus ideas y con tus sueños, con lo fácil que es adivinarte a ratos sólo para que inmediatamente salgas con algo que parece de otra dimensión. Pero incluso así, creo que no me arrepiento de ser tu amiga.

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