-Es demasiado difícil -susurró Elisa. Demian levantó el rostro y preguntó un lacónico:
-¿Qué?
-Decir “te quiero”. Me siento mal por ello -suspiró-. En realidad no es tanto el hecho de decirlo, porque eso lo puedo hacer… La cosa es demostrarlo.
-Ah.
Demian era inteligente. Sabía lo que le sucedía a Elisa, pero también sabía que necesitaba desahogarse. Era la única manera en que podía poner sus ideas en claro: hablando. Elisa escribía por eso, porque necesitaba decirle a alguien todo lo que pensaba, sin que la interrumpieran o hicieran preguntas obvias. También era por eso que hablaba con Demian. Él sólo escuchaba y no respondía sino hasta el final, a menos que supiera que era necesario. En tales casos, invariablemente tenía la razón con sus argumentos, claramente porque era imparcial.
-Es mi furia de nuevo, ¿verdad? Por eso no puedo tener paz. Porque estoy enojada -Elisa pasó saliva con dificultad, con un nudo en la garganta-. No me gusta estar enojada, Demian.
-Lo sé.
-Y ya tengo la solución. La tengo, sí. El problema es que es demasiado complicado. Es… Es odio puro -susurró, dejando caer una lágrima sin querer. La apartó en un gesto rápido, incómoda. La garganta le dolía cuando hablaba sobre tristezas.
-Sabes que el odio es algo natural.
-Pero no por eso es bueno. Es horrible. Malo. Es la cosa más terrible que me puede pasar. A veces… A veces no sé cómo puedo controlarme. Duele, y arde, y se me atora en las cuerdas vocales y se siente como una quemadura. Y… Y yo no la odio. Pero me hace enojar. Y todo se enciende y es imposible pararlo, y arruino todo lo que he logrado cada vez. Y por ahora… Por ahora me ha dejado volver, intentar repararlo todo. Pero en algún momento no me querrá de vuelta -sollozó a duras penas. Trataba de que su voz no se quebrara, pero había algo sobre sus hombros que la tenía clavada al piso y le impedía respirar, pensar, hablar normalmente.
Dolía. Era eso.
-Ella siempre te querrá -replicó Demian con suavidad-. No importa lo que pase, siempre habrá un lazo entre ustedes dos, algo que nada en este mundo podría romper.
-Ya, pero no se trata de que me quiera o no. Ella no confiará en mí, no querrá abrirme su corazón. Va a saber que soy capaz de hacerle daño, porque no me fijo en a quién le grito. Un día se dará cuenta de lo que ya sospecha y levantará sus defensas conmigo, sólo conmigo… Y ya nada va a ser igual, pero no será para mejor. -Se quedó callada un rato, hasta que finalmente susurró:- Ella va a temerme.
Demian la miró levemente, habría parecido que con frialdad. -Sigues hablando a futuro, recuerda eso.
-El futuro es lo único que hay.
-No.
-Sí. Y yo lo estoy arruinando.
-Entonces deja de hacerlo.
-¡No puedo! -gritó ella, exasperada. Él la miró fijamente, tranquilo, y Elisa no pudo sino observarlo con lágrimas en los ojos. Luego los cerró-. No puedo -susurró esta vez, con la cara surcada por el llanto-. No puedo. No sé cómo, nadie me lo enseñó. Y sola no puedo hacer nada.
-Claro que puedes. ¿Qué no lo ves? -insistió Demian. Elisa negó con la cabeza gacha y él gruñó-. Eres patética cuando sientes autocompasión.
-Cállate -dijo sin voluntad.
-No. Vas a escuchar. Vas a dejarte de devaneos y vas a recordar qué es lo que significa ella, qué es lo que significan ustedes para ti. Vas a pensar si vale la pena seguir escuchando su risa, seguir oyendo su vocecita hablándote como siempre; vas a pensar si todas las letras y páginas que gastaste eran sólo mentiras.
-¡No fueron mentiras! -exclamó ella, indignada.
-Yo no dije eso. Pero es lo que comienza a parecer. Cuando estás de buenas la quieres, y cuando estás enojada, ¿qué? -inquirió, y ella sintió de nuevo que se le oprimía la garganta.
-Me… Me desquito con ella -musitó miserablemente.
-Te desquitas con ella. Y entonces todo lo que haces…
-Se vuelve una mentira -interrumpió ella, hablando a coro con él.
-Exacto.
-Ya. ¿Y qué es lo que hago? -preguntó, mirando a Demian. Él sonrió, con aquél gesto leve que sólo ella podía identificar.
-Eso ya lo sabes -respondió, desapareciendo.
Minutos después, Elisa levantó la vista de algún punto lejano en el aire, y miró el sitio donde Demian había estado sentado. Había un trozo de papel pequeño, con una sola frase escrita en la letra elegante del ángel.
Las promesas que no nos atrevemos a hacernos en voz alta son las más difíciles de cumplir, pero también las más importantes. Al final, lo único que contará no serán las veces que fallamos: será el hecho de haber mejorado el mundo (incluso si es el pequeño mundo personal de alguien) al lograr nuestro objetivo.